domingo, 11 de agosto de 2013

¿A qué llamamos mapuches? (1985)

Revista Cultura, Hombre, Sociedad (CUHSO) de la Universidad Católica de Temuco, Vol. 2, N°1, 1985. 

Dr. Rodolfo Casamiquela G., Fundación Ameghino, Viedma – Argentina.
 
   Mapu es "tierra", -también puede ser "patria"- y che "gente" en lengua de estas "gentes de la tierra", o "araucanos", como preferentemente se los denomina en nuestro país. Una lengua estupenda, por lo demás, de tal riqueza y sonoridad que habría de constituir la clave de la exitosa expansión de la cultura mapuche en el sur de la América del Sur. Ello a partir de un foco de origen relativamente muy pequeño, aunque densamente poblado, entre los ríos Toltén y Bío-Bío, en el sur del actual Chile (continental). De allí irradió su lengua y, a través de ella y en su compañía, numerosos elementos de su cultura espiritual, como la religión y material, como la cerámica, el tejido y la platería.
   Son estos tres elementos, propios de un pueblo sedentario, agricultor, y efectivamente los mapuches lo eran -y lo siguen siendo en la Araucanía propiamente dicha-; modestos agricultores del maíz, la quinoa, la papa..., y casi sedentarios, pues sólo desplazaban sus grandes casas de madera y paja ("rucas") para rozar o talar nuevos terrenos y librarlos a un cultivo en el que las mujeres, hincando sus primitivos bastones de madera -ya que no había arados- tuvieron el papel fundamental. Ellas y sus compañeros completaban la dieta anual con la recolección, pesca y caza. Y vivían probablemente muy bien, integradas en un sistema social en que los hechiceros (varones o mujeres, llamadas "machis") formaban el centro de la vida religiosa y los viejos caciques, por herencia, el de lo social y militar, si se daban tiempos bélicos.
   Y éstos se daban, claro, con los indígenas de canoa de más al sur, con los indígenas de canoa de más al este, enclavados en la Cordillera -en ambas vertientes, en verdad-, a lo largo de las guirnaldas de lagos andinos. Y se dieron con los pehuenches de "entre cordilleras" (pewén es la "araucaria", en araucano), particularmente aguerridos. Y se dieron después, y muchos peores, definitivos, a exterminio, con los europeos, que iniciaban la conquista de la porción austral de América (y que fueron denominados "winka" en araucano, huincas en plural españolizado).
   Estos europeos traían consigo un elemento que fue terror de América entera al comienzo y luego fascinación del indio, que rápidamente se adueñó de él -del caballo- para su propio beneficio. Y para buscar caballos se produjeron, cuando la ferocidad singular de los pampas los multiplicaba por centenas de miles (es decir ya desde comienzos del siglo XVII), movimientos de pueblos desde todos los rumbos, convergentes todos en el embudo de la pampa húmeda. De paso iban conociendo a la incipiente Buenos Aires, con la que iniciarían un tráfico económico que habría de durar más de dos siglos.
   Así, con esa motivación, pasaron los primeros araucanos al Neuquén, en donde -como en todas partes- comenzaron por imponer su lengua. Cuando Mascardi llegó a fundar la misión de Nahuel Huapí, en 1670, los elementos básicos de la cultura regional eran todavía tehuelches, es decir locales, pero sus portadores ya en buena parte bilingües.
   Estos "tehuelches" (en el fondo parientes cercanos de los otros más australes, o "patagones" de Santa Cruz y sur de Chubut) eran racial y culturalmente un pueblo diferente, o mejor, una serie de pueblos diferentes, que se extendían por el norte hasta cubrir todo el ámbito pampeano central (La Pampa y Buenos Aires, sur de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe), caracterizados por una economía de cazadores -pedestres, desde luego-, de arco y flechas y boleadoras, vestidos con capas de pieles, y en movimiento siempre, detrás de sus presas, esencialmente el guanaco y el avestruz, a favor de la ligereza de su ajuar y de sus toldos de cuero portátiles. Sus lenguas, de pronunciación dura para nuestros oídos (y los oídos araucanos), menos funcionales que la araucana.
   Estos tehuelches, en sentido amplio, son de alta estatura y corpulencia y de poderoso esqueleto -una de las viejas razas de América, de cráneo largo como todas las pioneras-, como sabemos por los famosos Patagones de los primeros tiempos de la conquista, exageraciones de Pigafetta puestas aparte. En cambio los araucanos o mapuches son de mediana estatura y esqueleto débil, en general con una cierta tendencia a la obesidad. Como raza relativamente reciente en América -según parece-, tienen cráneo corto, redondeado, como el de los europeos actuales. Dos razas, pues y dos culturas enfrentadas.
   En el contacto, choque a ratos, comercio a otros, alianzas y matrimonios, se fueron difundiendo dos claves de cambio en la inmensidad del escenario extraandino oriental, a partir de una cabecera de puente instalada en Neuquén, en diferentes frentes. La una, la araucanización, que sólo alcanzó, no obstante, tímidamente a la provincia de Buenos Aires para comienzos del siglo XVIII. La otra, la difusión masiva del caballo, ya aludida, que habría de movilizar a los actores de todo el escenario y, andando el tiempo, de la Patagonia completa. Crecieron demográficamente los indígenas, a favor de un nuevo recurso de caza aparentemente inagotable, y correlacionadamente se transformaron de cazadores pedestres nómadas, en pastores nómadas ecuestres... Un siglo después de lo dicho, incluso los tehuelches de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires -hasta el Tuyúl- a buscar yeguadas, y su permanencia en Patagones -de allí el nombre de esta bella ciudad- era habitual.
   La araucanización prosiguió: los viejos "querandíes" del Río de la Plata, esencialmente tehuelches según queda dicho, se fueron transformando en los "pampas" cercanos a Buenos Aires ("magdalenistas", "matanceros"...); para comienzos del siglo pasado seguramente muy pocos individuos eran capaces de recordar su vieja lengua, por lo demás cercanamente emparentadas con la que se extendía al sur del río Salado, que es la misma de los tehuelches actuales (subactuales, pues ella acaba de extinguirse), del norte del Chubut, Río Negro y sur del Neuquén. es decir la lengua pre-araucana, günün a yájüch o lengua de los günün a künna, como estos tehuelches septentrionales del sur del Salado se denominaban a sí mismos. (Vale la pena aclarar que los tehuelches meridionales, es decir, los que se extendían desde el río Chubut hacia el sur, hasta el Estrecho, hablaban otra lengua -todavía viva-, muy lejanamente emparentada con las dos que he mencionado). En el centro-sur de la provincia de Buenos Aires, en cambio, la vieja dura lengua de los tehuelches septentrionales fue documentada como sobreviviente (sierras de Tandil y de la Ventana) en 1865 por el notable naturalista suizo, Claraz, y por ende ha de haberse conservado todavía algunos años más. Llegó hasta este siglo, primeros lustros, en San Javier, en las cercanías de Patagones-Viedma, en la "tribu" amiga de los Linares. Hasta 1960, si no yerro, en que murió el último hablante auténtico, en el centro-norte del Chubut, en donde se conservan sus restos... y se conservan sus descendientes, con cacique y todo. Por lo menos ésta era la realidad hasta cuatro o cinco años: Don Juan Yanquetruz, vivo por entonces, es nieto, sin más, del celebérrimo José María Yanquetruz, el más grande de los caciques tehuelches septentrionales, señor del sur de Buenos Aires al propio tiempo que del río Negro y del sur de Neuquén; el mismo que, en feroz batalla, en San Antonio de Itaola, ultimó al coronel Otamendo con ¡ochenta hombres! El mismo que, por su estatura, capaz de oponerse a Callfucurá, por entonces en coqueteos con Urquiza, celebró, o iniciativa del Gobierno de Buenos Aires, un pacto de ayuda con Mitre...
   Era tehuelche septentrional puro José María Yanquetruz, a pesar de su nombre araucano. Lo era Catriel el Viejo, a pesar de lo mismo; lo eran Chokori y Shaihueque (padre e hijo), aquél sableado por Rosas, éste, señor de Las Manzanas (sur del Neuquén) en tiempos de Moreno y Musters.
Todos estos ejemplos para que se entienda que la araucanización más que un traslado masivo de tribus, de hombres, fue un proceso, una especie de oleada, la que por su índole, esencialmente cultural, y por el hecho de transitar por encima de pueblos intermedios, es denominada por algunos antropólogos "transculturación".
   Así la mayoría de los indígenas del ámbito extraandino oriental, según he dicho, para mediados del siglo pasado (o mejor, antes de la Conquista del Desierto, que comenzó poco antes del 80) eran de abolengo local, aculturados o transculturados. Con creciente sangre araucana, sin duda, y hablantes de esa lengua (aunque en parte bilingües), y alternando el "quillango" de pieles -tehuelche- por el poncho tejido -araucano- pero conservando -e imponiendo- el toldo y la boleadora locales...
   Entonces ¿no hubo araucanos, mapuches propiamente dichos en ese ámbito) Sí, por cierto, pero sólo comenzaron a cruzar la Cordillera -en general, por los pasos del sur del Neuquén- y a radicarse en el (norte de Buenos Aires y centro y límite con La Pampa) a comienzos del siglo pasado. San Melín, Alún, Rondeau, Cañuequir, Coliqueo, y otros nombres famosos. No Callfucurá, en cambio -tomado hoy erróneamente como símbolo de lo araucano-, ya que éste era cordillerano, geográficamente "chileno" si se quiere, pero no mapuche; para nada. Antes bien, un terrible enemigo de los mapuches propiamente dichos o "vorogas", como se lo denominaba en las pampas. Como pueden atestiguarlo los descendientes de aquellos tres caciques nombrados en primer término, lanceados sin piedad por Callfucurá en un célebre malón previo a su radicación en ello- como eslabón de punta de una cadena que se prolongaba, a través de Neuquén, hasta sus dominios antiguos del volcán Llaima en la cordillera. Así es la historia.
   Pero la Conquista del Desierto habría de enrasarlo todo: los indígenas de origen araucano y andino (los "ranqueles" del norte de La Pampa, sur de Córdoba, San Luis y Santa Fe; Namuncurá, el hijo de Callfucurá...) se retiraron a Chile. Los de abolengo tehuelche patagónico directo (los Catriel, Shaihueque), hacia el sur, hacia sus raíces. Algunos volvieron después a sus lares de ocupantes huincas, y ahora sí convertidos en pastores sedentarios, y en general o dominante, de ovejas, lo que aceleraría su desastre económico, por falta de conocimientos técnicos para llevar adelante una empresa que ignoraban. El alambrado, la radicación, aceleraron a su vez la decadencia cultural. Se dispersaron los viejos núcleos, murieron los viejos caciques de prestigio, dejó de practicarse en muchas partes la ceremonia religiosa central, colectiva, el nguillatún (o kamarikun, españolizado en "camaruco"), que tenía la virtud de agruparlos periódicamente. Llegaron, en fin, nuevos inmigrantes, de origen araucano chileno (a comienzos de siglo), de origen no araucano, no indígena, criollos, gringos...
   En medio de esa marea, creciente marea, de cambio irreversible, quedan algunos islotes, pequeñas comunidades, más o menos aisladas, que han conservado su lengua y su religión, especialmente los viejos: en Neuquén, en Río Negro, en Chubut, hasta en ranchos perdidos de La Pampa. No han de pasar de 15.000 ó 20.000 hoy los habitantes de la sonora mapú zungún o lengua araucana. (Quedan en cambio más de 300.000 en Chile, en la Araucanía y partes adyacentes). Y la extinción está próxima: ya los jóvenes no la hablan, esconden su conocimiento, esconden su apellido.
   Es que hemos desconocido, y aun minimizado, su cultura e ignoramos, los huincas, del todo su lengua. Una lengua tan rica y hermosa al oído -lo repito- como la guaraní, la quechua o la aimara. ¿Por qué en otros países, como el Paraguay, se tiene a orgullo la lengua aborigen, una especie de identidad o símbolo nacional, y en el nuestro, es decir, en La Pampa o en la Patagonia, la despreciamos, al par que humillamos a sus portadores?
   Vale la pena meditar en esto, un tema -central- indisolublemente ligado al de la debilidad de toda nuestra tradición cultural (transformada en pérdida franca en los últimos años, a favor del cambio -claro- producido esencialmente por los nuevos medios de comunicación masiva). Pero él trasciende el propósito de este artículo.
   Una reflexión final, sí, para cerrarlo. Y es que si a la fuerza de la cultura criolla de la primera oleada, del primer embate contra la cultura tehuelche-araucana del ámbito reseñado, agregamos la fuerza de esta nueva cultura, universal diré -o anónima-, amorfa tal vez, por definirla de algún modo-, que llega de la misma manera a todos los ranchos por perdidos que estén en la inmensidad pampeana o patagónica, por imperio de la radio... debemos convenir en que su resistencia fue feroz, es implacable. Cuando todavía hoy, en los campos crecientemente despoblados -de hombres y de ovejas- del Chubut noroeste, del Río Negro centro-oeste, o del Neuquén sur, un puñado de hombres y mujeres levanta la bandera del camaruco, en medio de la indiferencia, a ratos despectiva, de los pobladores blancos, en medio de la creciente difusión de los milenarismos (última novedad llegada de Chile, que prende casualmente a favor del desarraigo, del desclasamiento, la miseria...) y comienza su ruego en la venerable lengua, reina de lenguas, de los mapuches; entonces cabe reflexionar en la fuerza moral de esos viejos y jóvenes magníficos, del linaje de Caupolicán allá o Yanquetruz aquí, que se mueren en pie como el roble chileno o el alpataco criollo. Y en su ejemplo!

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