jueves, 25 de julio de 2013

Los dos mitos europeos más antiguos de América: los gigantes Patagones y la ciudad de los Césares (2007)

Por Rodolfo Casamiquela, extraído de la revista Todo es Historia N°477, abril de 2007.


   No es difícil deducir que la mirada europea sobre los fabulosos descubrimientos haya estado teñida de sus propios prejuicios y fantasías.
   Los cronistas cultos, conocedores de las desventuras de los caballeros andantes, compraron y asimilaron sus encuentros con los primitivos habitantes del nuevo mundo, con los monstruos y personajes fantásticos que pueblan esas novelas. Estos dos mitos dan cuenta de ello.
   Si acorde con las modas actuales de los textos científicos, al tiempo que seleccionara "palabras clave" las fuera explicando, diría: Enrique de Gandia escribió alguna vez que "La ciudad encantada de los Césares es la última leyenda que murió en América y la primera que encantó la infinita soledad del Sur". Al respecto, opino que no tomó en cuenta a la otra, la de "los Gigantes Patagones", tan antigua como aquella. Son dos, pues, los mitos más antiguos de América. Ambos, de origen alóctono -europeo-, claro, porque los de origen autóctono eran simplemente centenas de miles, con arrastre de milenios de años en muchos casos. (Usted sabe, lector, que nosotros llamamos "mitologías" a las religiones de los pueblos "etnográficos"). En fin, "mitos", porque ni hubo en la realidad verdaderos gigantes en la Patagonia ni ¡ay! existió en ella una dorada ciudad cesárea. Y como los Tres Mosqueteros, que eran cuatro, la cuarta palabra clave del título -si bien tácita- es ¡(la) Patagonia! Efectivamente, porque "los dos mitos europeos más antiguos de América" nacieron en ella.
   La voz "Patagonia", la Patagonum regio (Región Patagónica) de Pigafetta, el cronista de la expedición de Magallanes en la que nació el nombre, deriva de "Patagón", voz de etimología desconocida. Me apresuro a aclarar, para usted, lector bien informado, que he dicho "de etimología", no de origen, pues éste (literario, para el caso) es hoy perfectamente conocido[1], a pesar de que, aun en la Patagonia, puedo estimar en por lo menos un 90 % el número de sus pobladores que lo desconocen. Y he aquí uno de los porqué de la decisión de elegir este tema al responder a la gentil invitación de Todo es Historia para sumarme a este número.


EL MITO DE LOS GIGANTES PATAGONES
   Mucho se especuló en un momento sobre la etimología de la voz "patagón"; su cuño, aunque -salvo algún kechuista o afín-, en torno siempre a su presunto significado hispano, portugués, o italiano, de "pata grande"[2], A pesar de las reservas de quienes opinaron que este sentido de la palabra es de origen moderno, lo cierto es que no puede excluirse, pues fue consignado por un par de cronistas españoles (el capitán Gonzalo de Oviedo y Valdés y Francisco López de Gómara) a lo largo del mismo siglo de la expedición de Magallanes. Pero, en tal caso, ¿por qué "patagón" y no simplemente "patón"?.
   Esa simple reflexión[3] me lleva a especular con mayor amplitud en cuanto a esa posible etimología. Dicho de otro modo, personalmente pienso que tanto pudo tratarse de un derivado de pata -aunque no necesariamente su aumentativo- cuanto de alguna otra palabra de origen latino. Para lo primero, puedo echar mano, a guisa de ejemplo, de voces como las francesas pataud o patauger, con el significado respectivo de "niño, individuo de marcha pesada y de maneras dificultosas", y "marchar sobre un suelo fangoso, en un agua barrosa"[4]. O la italiana pataccone, consignada por Morales, aparentemente emparentada con "persona obesa, lenta para operar". Pero además existió pataco -voz rescatada primero por Lehmann-Nitsche en 1923 y hace poco fuertemente apoyada por González[5]-, cuyo significado, en castellano antiguo, gira en torno de los conceptos de "patán, grosero, rústico". 
   Este último autor se refiere largamente a la posibilidad de que la voz, regionalmente, haya sido articulada con "g" en lugar de “k”, patago, lo que es bien posible, lo mismo que el significado aludido para explicar el bautismo de los personajes de la isla mítico-literaria. Pero además, se me ocurre, a título de mero ejemplo, ya que no he hecho estudio particular del tema, una palabra sugestiva como patagio (derivada de patagium), que denomina, en el castellano actual (y en otras lenguas, como el inglés) a una "extensión del cuerpo" de carácter especial, como las alas de las aves o las membranas que unen brazos con piernas en algunos anfibios con cierta capacidad de planear. Con lo que, incluso la palabra italiana a que acabo de referirme, pataccone, bien pudo dar origen a patagón; tal vez no surgió de la obesidad misma de la persona sino de los múltiples pliegues de piel derivados en ella. Para vencer sus reservas iniciales, piénsese que náufrago deriva de naufragio, mago de magia; galo de Galia, greco o griego de Grecia, bretón de Bretaña, y gascón de Gascuña. Reténgase estas ideas, que encontrarán su aplicación poco más adelante.
   Pero, de un modo u otro, el origen etimológico de la voz no importa tanto. Es decir, no importa tanto, para el caso, como el establecer la forma en que la palabra devino, desde las naos de Magallanes hasta llegar hoy a Patagonia, para aplicarse a los aborígenes regionales. Y ahora, después de siglos de incertidumbre, podemos alardear de saberlo. Cosa que todavía no sucedía hace poco más de medio siglo, por lo que los investigadores, eruditos o curiosos sin más, no atinaban a separar, en sus especulaciones etimológicas, lo uno de lo otro, es decir la aplicación de la voz y su posible significado. Al decir "la aplicación" quiero expresar las circunstancias de su aplicación. Dicho de otro modo, pensaban que Magallanes, al observar determinada característica (física o de vestimenta, comportamiento) de los aborígenes en cuestión, había apelado simplemente, para calificarla, al español de su tiempo, y dada prima facie, su aparente relación con la palabra pata, entonces el vocablo patagón aludía a las patas o pies enormes de aquéllos: ¿o acaso no eran gigantes?
   Parece que, desde temprano, algunos críticos desconfiaron de este último aserto -aunque no de la aparente etimología-, y, alternativamente, propusieron que la idea, más bien, pudo haber surgido de la observación sus pisadas, desde que estos salvajes -decían- se envolvían los pies en cueros para combatir el frío. En realidad, debiéramos decir "ni lo uno ni lo otro"[6], pero a esta altura, ya que al pasar adjudiqué al propio Magallanes la autoría del bautismo, corresponde transcribir la oportuna anécdota: "Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza (...). Dio muestras de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo. (...) Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo, (...) Su vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país. (Armas) Tenía en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que la de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo animal; en la otra mano empuñaba unas cuantas flechas de caña pequeñas, que por un extremo tenían plumas como las nuestras y por el otro, en lugar de hierro, una punta de pedernal blanco y negro (...).
   .Junio de 1520. Dos de los gigantes son capturados por la astucia. El capitán quiso retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante nuestro viaje y conducirlos después a España; pero viendo que era difícil prenderlos por la fuerza, se valió de la astucia siguiente: les dio una gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de manera que tuvieran las dos manos llenas; enseguida les ofreció dos grillos de hierro, de los que se usan para los presos, y cuando vio que los codiciaban (les gusta extraordinariamente el hierro), y que, además, no podían cogerlos con las manos, les propuso sujetárselos a los tobillos para que se los llevasen más fácilmente; consintieron; y entonces se les aplicaron los grillos y cerraron los anillo, de suerte que de repente se encontraron encadenados. En cuanto se dieron cuenta de la superchería se pusieron furiosos, resoplando, bramando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a socorrerlos".
   Este comandante era hombre letrado, y seguramente también hombre de lecturas. No habría muchos a bordo de las naves de su flota, ciertamente, y Pigafetta constituye notable excepción, no sólo por tal sino por haber decidido documentar, por escrito, los sucesos del viaje y, más aún, haberse erigido en adelantado absoluto de los (Antonio de) Viedma, Malaspina, D'Orbigny, por ejemplo, de los siglos XVIII y XIX respecto de observaciones antropológicas, y especialmente etno-lingüísticas. Pues, como pocos saben, este notable investigador registró vocabularios de los muchos pueblos indígenas con que contactó la expedición, entre los cuales se encuentran los propios Patagones. Y lo que sabe todavía menos -incluido yo mismo- ignoran cómo hizo para registrar aceptablemente, conceptos como "Diablo principal" (Setebos). 


SOBRE NOVELAS DE CABALLERÍA
   Existen registros de todos los rubros de bienes que, por aquellos azarosos tiempos, llevaban a bordo los marinos protagonistas de expediciones de largo aliento, para lograr una autonomía completa con respecto a sus bases en Europa. Y, aparte de víveres, ropas y repuestos, destinados al organismo de los hombres y de sus embarcaciones, había otros reservados al alimento del espíritu de aquéllos: me refiero a los libros, y no sólo sagrados como la Biblia, sino profanos, como novelas, y para el caso, novelas de caballería[7], tan en boga por aquellos años en que la fantasía estaba mucho más cerca de la realidad de los sufridos seres humanos.
   "Las llamadas novelas caballerescas, o de caballería, surgieron en el siglo XV, llegaron a su máximo apogeo y difusión en el XVI, y empezaron a decaer y desaparecieron en absoluto en el XVII (...). A fines del siglo XVI este género cayó en un gran descrédito, pues todo en él era falso e irreal, exagerándose las hazañas y el valor de sus héroes hasta límites inverosímiles".
   El género registró pocos textos rescatables desde el punto de vista literario, dice Giusti[8], autor del comentario anterior, a lo largo del siglo XVI. Pero, sin quererlo, alentó, en el subsiguiente, uno destinado a ser el más célebre de todos los tiempos para las letras castellanas: la vida del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra y, precisamente, a su decisión de tomar, contrario sensu, la temática de las novelas de caballería para ridiculizarla. Fue precisamente uno de ellos, suerte de hombre-monstruo, de una de las novelas típicas del género, el que inspiró a Magallanes la idea del mote en cuestión. Se trata de Primaleón, de 1512[9].
   Es interesante consignar que en la conocida requisa -y consiguiente quema- de los libros de caballería de la biblioteca de Don Quijote hecha por el cura, el barbero y el licenciado, con la anuencia de la sobrina de aquel[10], si bien Primaleón no aparece, el libro de Palmerin de Olivia es condenado a la hoguera[11].
   El hallazgo, la "perla", se debe al fino olfato de la investigadora María Rosa Lida, quien -sobre una pista abierta por su colega Mary Patchell, en 1947-, "adivinó" la existencia del "gigante Patagón" en la mencionada obra, que no obstante no llegó a conocer, pues por entonces no se sabía que sobrevivieran ejemplares de ella. Cupo a F.J. Norton ubicar después el único ejemplar de la edición príncipe, en la biblioteca de un coleccionista inglés (la única que pudo conocer Magallanes), y hoy, a estar con Morales[12]. Efectivamente, ¡Lifa había acertado de lleno! En él figura una isla de seres monstruosos, salvajes, dominados por el engendro (epónimo) "Patagón", hijo de una bestia y de una de tales salvajes -al que en definitiva el héroe, el caballero Primaleón, hiere y cautiva. Pero véanse los pasajes pertinentes del libro[13], en los que habla de las características de la isla en cuestión; explica Palantín, hijo del caballero local, a Primaleón, que "... a una parte de esta isla hay muy grandes montañas y de poco tiempo a esta parte moran en ellas una gente muy apartada de todas las otras que hay en ella, porque viven ansí como animales, y son muy bravos y esquivos, y comen carne cruda de lo que cazan por las montañas, / y son ansí como salvajes que no traen sino vestiduras de pieles de las animalias que matan, y son tan desmejadas que es cosa maravillosa de ver. / Mas todo es nada [comparado] con un hombre que agora hay entre ellos, que se llama Patagón. Y este Patagón dicen que lo engendró un animal que hay en aquellas montañas que es el más desemejado que hay en el mundo, / salvo que tiene mucho entendimiento y es muy amigo de las mujeres. Y dicen que hubo que haber con una de aquellas Patagonas, que ansí las llamamos nosotros por salvajes y que aquel animal engendró en ella aquel hijo; y esto tienen en lo por muy cierto, según salió desemejado, que tiene la cara como de can, y las orejas tan grandes que le llegan hasta los hombros, y los dientes muy agudos y grandes, que le salen fuera de la boca retuertos, y los pies de manera de ciervo. Y corre tan ligero que no hay quien lo pueda alcanzar, y algunos que lo han visto dicen de él maravillas, y él anda de continuo por los montes cazando, y trae dos leones de traíllas y trae un arco en sus manos con saetas muy agudas con que hiere (...). Y trae un cuerno a su cuello, y tañéndolo vienen muchos de aquellos patagones a le ayudar..."[14].
   Extraigo de González todavía un fragmento del párrafo en que se relata la captura del monstruo, cuyo gran tamaño se infiere de calificativo "gran": "...Mucho fue ledo [gustoso] Primaleón por hallarlo, que gran parte del día había andado por las montañas buscándolo [...] Patagón tenía una saeta puesta en su arco, y tiró con ella a Primaleón. Y como él traía muy fuertes armas [defensivas], no lo hirió, y él [Patagón]. Y llevaba la lanza en las manos, e hirió a Patagón con ella con toda su fuerza...". Siguen otros pasajes de la feroz lucha, hasta que el héroe logra encadenar -precisamente- al monstruo, muy malherido. "
   ...Déjate de eso dijo él y pensemos cómo llevaremos a este diablo que mucho holgaría de llevarlo ante Gridonía [la infaltable dama del caballero]. Él está tan mal herido dijo Purente que será maravilla poder eso hacer, mas todavía busquemos el remedio para llevarlo, y él se apeó y fue por la cadena en que el gran Pátagón traía los leones [muertos por el héroe] y Primaleón cuando lo vio fue muy ledo / y ambos dos fueron a Patagón y echáronle a la garganta, aunque hacía tales cosas que los espantaba que daba grandes bramidos...".
   Estos últimos párrafos que tomo de Morales[15], merecen los siguientes comentarios: 1) Patagón es el monstruo híbrido, salvaje por excelencia, y por extensión se denomina así a los restantes indígenas, varones y mujeres (también disformes pero más humanos). 2) Comen carne cruda, a la manera de los indígenas de San Julián, que la comían sangrante; carne de las presas que cazan con arco y flechas; se visten con pieles de esas mismas presas. En fin, también a éstos los encadenaron -mediante un subterfugio- para poder dominarlos y llevarlos, lo que provocó su desesperación e ira. Como se ve, no hace falta más: está clarísima la fuente en que abrevó Magallanes.
   Pero falta el rabo por desollar -o dicho de otro modo, falta un rasgo físico por valorar: ¡las enormes orejas!, ya lo habrá anticipado el lector. Pues, clarísimo está también, ellas, colgantes, constituirían un patagio de primer orden. Así, patagón -según se deduce de los ejemplos vistos antes, como bretón -¡y aun Primaleón!-, valdría como "de piel colgante"; para el caso "orejudo". No tan malo, convengamos, como explicación posible para la escurridiza etimología. Queda hecha la sugestión. 


DEMASIADO ALTOS
   Magallanes tenía necesidad, aparte de sus instrucciones en tal sentido, de llevar a Europa y presentar a los reyes, las piezas humanas representativas que pudiera capturar, prueba de sus relatos, de contactos étnicos y aventuras. (Y para el caso, ¿prueba igualmente de que había topado con Gigantes como aseveró Pigafetta?). La pregunta encerrada entre paréntesis, referida al presunto gigantismo de los Patagones, surgió muy rápido a partir de la visita de Magallanes a las tierras australes de América del Sur que denominó "Regione Patagonia" o "Región de los Patagones" como llamó "Streto Patagonico" al estrecho que hoy inmortaliza su nombre. Y, desde entonces -hasta hoy, según se ve- suscitó innumerables respuestas, positivas, neutras y negativas.
   No voy a reseñarlas; simplemente transcribiré algunas de las más representativas: López de Gómara, contemporáneo de Magallanes, midió a un patagón capturado: "Once palmos de alto"[16] (2,30 metros); el corsario Francis Drake, antes de terminar ese mismo siglo XVI: "... 7 pies y medio describe la altura de los más altos entre ellos"[17] (más de 2,15 metros); John Narborough: "una media de cinco pies y diez pulgadas, es decir 1,75"[18], (1,80); Enrique Ibar Sierra: "altura máxima 1,92 metros"[19]; Moreno, en 1877, midió un tehuelche meridional boreal de 1,90 metro: "En el mismo año del viaje de Musters (1870), el naturalista a bordo de la Nassau medía en 2,10 metros la estatura de un viejo patagón...". Entre los autores más antiguos -comenta Imbelloni, de quien tomo lo anterior[20]-, hombres de 2,73 metros fueron vistos por el Comodoro Byron; otros de 2 metros por Wallis y Carteret por una parte, y De Boungainville por la otra. Bourne los vio de 2, 13 metros; Mayne, de 2,09 y Comerson de 2,10. Por su parte D'Orbigny midió a hombres de 1,92 metros, al igual que Rogers; Prichard en época más reciente también los vió de 1,93 metros". A esos datos puedo agregar dos o tres de mi cosecha. 1) Sobre fotografías a) Tres fotografías del cacique tehuelche meridional austral Silcacho (Ssülkáulchü), con su esposa[21]. A juzgar por las medidas presumibles de elementos de su ropa, el hombre habría medido poco más de 2 metros. Tal talla estaría confirmada, indirectamente, por la aseveración de quien lo conociera personalmente, el indígena surneuquino Féliz Manquel: "Lo único que muy conocido el cacique allá del cerro Palique, en Río Gallegos pa' este la'o; ¿no? Y ahí un cacique que se llama Sakaucho; ése tenía dos metros y cinco. El hombre más alto que conocí yo en mi vida es ese"[22]. b) Las fotos de los indígenas tehuelches meridionales boreales (¡atención!) del grupo del cacique Orqueque (Ólsk'elk'enk'), capturado como secuela de la "Conquista del Desierto" en Puerto Deseado, en 1881. El cartabón para el caso, es el doctor Spegazzini, quien sus descendientes estiman debió medir ¡1,85!, poco más alto que Háddü, la esposa de Ólsk'elk'enk', que según Musters, medía poco más de 1,80m, en cuyo caso las torres humanas a sus costados sobrepasaban los 2 metros[23].
   2) Sobre esqueletos y cadáveres: En fin, el esqueleto de un individuo exhumado en la península Valdés en 1915, por el naturalista-viajero del Museo Rivadavia de Buenos Aires, Doello Jurado, medía por lo menos ¡2,15!, a juzgar por el lago de la tibia, 493mm, ilustrada en tamaño natural[24], y por las dimensiones colosales de la mandíbula: que puede sobreponerse perfectamente a aquella de un hombre normal; asimismo, estimo la antigüedad arqueológica del hallazgo en unos 300 años. También existe un cadáver, de un tehuelche recientemente muerto, sacado de su tumba por el viajero-coleccionista De la Vaulx en el suroeste del Chubut en 1886, que medía 1,98 metro[25].
   En resumen, los individuos de referencia -unos pocos ejemplos entre mil posibles, que se han perdido- no eran gigantes, o mejor dicho, no lo eran de manera absoluta, en lo que a talla se refiere. Pues tanto usted, lector, como yo (que he alcanzado alguna vez casi el 1,80 metro) recurríamos a esa expresión a partir, digamos, de los 3 metros, o cosa así. Pero... (cuidado), vayamos por partes. Porque creo que ni usted ni yo llamaríamos "gigante" a un individuo de esos 3 metros pero de extrema delgadez, longilíneo puro. Diríamos si que es "altísimo", pero... para incluirlo en el concepto cabal (tácito) de "gigante" al personaje le faltarían osamenta y musculatura poderosas, y más aún, adiposidad, volumen en fin y correlacionadamente peso.
   ¡Esa es la idea! Y a esa luz, en el concepto cabal -repito- los patagones pudieron muy bien aparecer como gigantes...[26]. Falta agregar: "Para los españoles (o peninsulares) de los siglos XVI a XVII", pues éstos eran hombres pequeños, y aun muy pequeños (en 1,52 metro se estima la estatura del propio Magallanes[27]) - y de allí el adverbio "potencialmente" utilizado antes. Para un europeo peninsular de la época, convengamos, un patagón de 2 metros de alto y corpulencia colosal, no parecía un gigante, ¡lo era!


FILIACIÓN ÉTNICA DE LOS GIGANTES
   La dejé señalada al pasar, al pedir atención con respecto al rótulo de "Tehuelches Meridionales boreales". Es que, en primer lugar, "Tehuelches" es simplemente designación gentilicia alternativa (moderna) para "Patagones". La voz de origen araucano ("mapuche"), fue acuñada en el ámbito bonaerense a lo largo del siglo XVIII, época en que, a favor de la posesión masiva del caballo (europeo), nuestros patagones comenzaban a llegar a él con asiduidad, en plan, precisamente, de búsqueda de caballos, y de comercio.
   Gigantes rústicos desprovistos todavía de la distinción que daba el roce con los indígenas transcordilleranos (los aucache del sur del hoy Chile continental, araucanizados) y con los blancos -léase tejidos, platería, armas de acero y cotas, alcohol, etcétera-, fueron vistos como salvajes (¡"bárbaros"![28]) por los indigenas regionales, autores de la denominación, en la lengua que, por entonces, se imponía como lengua franca, o quizá mejor, lengua del parlamento (de indígenas con indígenas y con españoles): el araucano (mapuche).
   La voz deriva de chewul-che, en que la segunda parte es "gente", y la primera (sinónimo de auka) precisamente "salvaje, bárbaro". Todavía, en la campaña patagónica, los pobladores más viejos, indígenas o criollos, dicen chewelche o chewelcho, no tehuelche.
   Segundo, en mi propia nomenclatura étnica -en general hoy aceptada entre los (escasos) cultores de la etnología patagónico-pampeana-, tal rótulo cobija a un par de grandes etnias o pueblos (macro-etnias), en tiempos de la conquista europea establecidas en territorio patagónico al sur de la línea de los ríos Limay-Negro hasta grosso modo el río Chubut. Los Tehuelches Septentrionales, y desde allí hasta el Estrecho de los Tehuelches Meridionales. Un continuum racial y cultural, -¡según vimos!. de fuerte osamenta y corpulencia, cráneo largo (dolicocéfalos), coloración cobriza y aspecto mongoloide. Pero, para desconcierto de los lingüistas, que definen a las etnias por su lengua, beneficiaros de dos idiomas diferentes aunque emparentados. El meridional, además, con un potencial suficiente como para dar cabida a dos formas, clasificables como dialectos, aunque ¡ay! una de ellas sólo esté representara por vocabularios. La expresión de sentimiento es porque, precisamente se trata del dialecto que recogió Pigafetta, es decir el que hablaban los patagones de Magallanes, o propiamente dichos. Me apresuro a explicar todo esto.
   En la nomenclatura étnica de referencia, los tehuelches (patagones en sentido lato) se subdividen a su vez en dos sub-etnias, la una ubicada entre (grosso modo) el río Chubut por el norte y el río Santa Cruz por el sur; y la otra, entre dicho poderoso curso de agua dulce, y el Estrecho, mucho más poderoso pero de agua salada. Los segundos son tehuelches meridionales australes, y los primeros, los tehuelches meridionales boreales. Desde que Magallanes contactó con los tehuelches meridionales en San Julián, y este puerto está ubicado entre los ríos Chubut y Santa Cruz, estos últimos, los tehuelches meridionales boreales, son sus "patagones" (o patagones en sentido estricto). Los tehuelches fotografiados en 1881 y el individuo cuyo cadáver midió De la Vaulx, lo eran. Y también Kop'achüss, muerto en 1939, prototípico, mongoloide perfecto. 

SIMPLEMENTE PATAGONES
   Los patagones (en sentido lato) o tehuelches se desgranaban en pequeñas partidas (bandas) de base familiar, encabezadas por un personaje de abolengo, al que secundaban en sus decisiones algunos hombres (incluso mujeres en algún caso), viejos, y, cuando intervenía lo sagrado, el hechicero (hombre casi siempre).
   Estas partidas se movían (en un escenario geográfico considerado propio, aunque compartido con otras partidas), obviamente a pie antes de la conquista, según itinerarios y objetivos previamente decididos: jornadas, caza, recolección, búsqueda de materias primas, etcétera. Los hombres aportaban las presas mayores, como el guanaco y el avestruz, y por ello se los define como "cazadores" o "grandes cazadores", en fin individuos esencialmente vinculados con la economía de la caza, que practicaban a través del uso del arco y la flecha y la boleadora y técnicas complementarias, como los señuelos y redes. La recolección, complemento de la dieta, era responsabilidad de las mujeres, encargadas además de la cocina y todo lo relacionado con el mundillo doméstico, incluidos el armado y desarmado de los toldos (de cueros de guanaco, cupuliformes) en que habitaban, y su transporte, la confección de las grandes capas (de cueros de guanaco también, pero en este caso de neonatos y nonatos), etcétera. Por consiguiente, lector, cabe definirlos como "cazadores y recolectores nómadas".
   Y sin embargo, hubo un visionario hermoso, rey de la fantasía, que los definió de otra manera. A través de algunos ejemplos, véase ¡de que manera!, los pinto en 1767, en carta al doctor Maty, secretario de la Royal Society de Londres, el abate Francois-Gabriel Coyer[29]: "...En cuanto a las instituciones morales de la Patagonia, tiene por finalidad lograr todas las virtudes sociales: no se conforman en aquel vasto establecimiento de educación con decirles a los niños: tenéis que ser compasivos, justos, humanos, generosos, agradecidos, pacientes, laboriosos, temperantes, obedientes a las leyes, a los magistrados, al príncipe. Los obligan diariamente a poner en práctica estos principios (...). A nadie se le permite hacerse justicia por sí mismo; pero si el más fuerte tuviera la ocurrencia de maltratar al más débil, el castigo sería muy severo. Hay jueces, elegidos entre los mismos jóvenes, que deben pronunciarse sobre todas las faltas y todos los diferendos. También eligen un príncipe, réplica del que gobierna a la nación: escuela de obediencia y amor. El libro que más se lee es el de las leyes...
   "Los patagones tiene una capital más extendida que la más grande de las ciudades europeas, pero falta mucho para que se igualen en cuanto a población.
   “Un hermoso río la atraviesa, cruzado por puentes de largo y altura prodigiosos. Unos ediles carentes de gusto habían permitido la construcción de casas sobre estos puentes; la posteridad las echó abajo; nada lleva la impronta de la magnificencia del arte, pero todo es cómodo: calles muy anchas, limpias y rectas, un gran número de amplios mercados; fuentes abundantes repartidas en todos los barrios y baños públicos, edificios enormes que embellecen la ciudad, al mismo tiempo que le proporcionan limpieza y salud a todo el mundo..." ¡Los patagones, habitantes de ciudades, con todas las comodidades, y... ¡A que usted, lector, pensó en la "Ciudad de los Césares"!

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES
   No había ciudades en la Patagonia del siglo XVI. Ni las hubo, claro, hasta fines del siglo XVIII. Por ende, no había "ciudad de los Césares"; y sin embargo, durante casi tres siglos, todo el XVII y el XVIII, diferentes visionarios -laicos y religiosos- soñaron con ella y la buscaron. Hasta la muerte, literalmente, como en el caso del misionero jesuita Mascardi, en la década de 1660. "Por espacio de trescientos años -dice el historiador Enrique de Gandía-, esta leyenda enloqueció a guerreros y frailes, arrastrándolos como fascinados de un extremo a otro de la Patagonia".
   Los orígenes del mito son vaguísimos, y los elementos comunes a todas las versiones se remiten a un naufragio sobre la margen norte del estrecho de Magallanes. Los náufragos, al intentar llegar a tierras españolas, habrían tenido la fortuna de encontrar ciertos indígenas que vivían en una suerte de Edén, en que el oro era considerado un simple metal más.
   De la unión habría surgido, entre otras, la "ciudad del César" nombre puesto, según algunos, por su fundador; según otros en homenaje a Carlos V. Sus habitantes -inmortales- serían, pues, "Los Césares". Ya hacia fines del siglo XVI se organizaron expediciones al sur para ubicar a este "El dorado". A comienzos del siguiente, XVII, Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), y luego Gerónimo Luis de Cabrera, las tentaron desde Córdoba (para arribar al río Negro y al sur de la actual Neuquén).
   En 1621 Diego Flores de León intentó el descubrimiento y cruzó los Andes desde Chile, en latitudes australes. En 1665 Mascardi se lanzó al sur -¡siempre al sur!- desde Nahuel Huapi y se internó en la Patagonia, sin encontrar nada. Tras un segundo intento, en 1672, también fallido, intentó uno más al año siguiente, que resultó el postrero: lo ultimaron los tehuelches, parece, en latitudes de la actual provincia de Santa Cruz.
   Pese a su fracaso, y al de otros visionarios, todavía en 1764 Ignacio Pinuer, escribía que "de su existencia no resta duda. Por cuanto aseguro en nombre Dios, nuestro Señor, y esta señal de la Cruz, y mi palabra de honor. Por algo, la "Isla de los Césares" en San Blas, sur de Buenos Aires, lleva ese nombre.
   Claro que Buenos Aires no es Patagonia en el sentido estricto (más bien estrictísimo, en que se usó antes, es decir el territorio -oriental- que se extiende al sur de los ríos Limay-Negro). Es cierto. Pero es que no expliqué todavía que, en realidad, si bien terminó por ubicarse en su territorio, y más aún, es sus confines australes, se originó en áreas mucho más septentrionales. Veamos.
   Según de Gandía, fue una "entrada" hecha por el capitán Francisco César, quien en 1529, con permiso de Gaboto, salió desde el Fuerte Santi Spiritu (en la actual Santa Fe) y se encaminó al oeste, con algunos hombres. En un mes y medio regresó, con el relato -fantástico- "de que había tanta riqueza que era maravilla, de oro e plata o piedras preciosas e otras cosas". De Gandia, sensatamente piensa que todo lo que hizo fue tomar noticias de los incas...
   A lo largo de ese siglo, no obstante, ante tanto fracaso, comenzaban a germinar las semillas de la duda, José de Moraleda y Montero, marino español notable al servicio de Chile, conocedor de gran parte del islario austral de ese territorio, por ejemplo, descreía de su veracidad. Escribió, en 1794[30]:
   "Ya que tratamos de Palena, no nos parece impropio decir aquí que su estero y río han sido y aún son, de algunos años a esta parte, famoso objeto de las conservaciones misteriosas de los más de los habitantes de la provincia de Chiloé y de la cuidadosa indagación de algunos de ellos, como lo prueban las varias expediciones que han hecho a uno y otro, con la vana solicitud de hallar la incógnita ciudad de los Césares y de otras gentes europeas que se supone existen con el nombre de Santa Mónica del Valle, Argüello, etc., en el continente patagónico, según unos, originadas de los españoles que poblaban las ciudades de Osorno, Infantes y demás que destruyeron los indios en la sublevación general de ellos, del mismo siglo XVI en que aquellas se fundaron; y según otros, por las gentes salvadas de naufragios ocurridos en las costas de dicho continente, o por los extranjeros establecidos en él con miras ambiciosas y hostiles.
   "La primera expedición de los habitantes de Chiloé -prosigue- al citado Palena la hicieron el año 1762 los mismos regulares extinguidos padres José García y Juan Vicuña que cité (...)". La segunda fue el año de 1778, dispuesta por los misioneros franciscanos de la provincia en dicha solicitud y la de hallar indios infieles en que ejercer más extensamente su ministerio, la cual pusieron a cargo de sus hermanos fray Norberto Fernández y fray Felipe Sánchez, dirigidos por Nahuelguin, indio de la capilla de Tehí, el que aseguraba haber visto una ciudad anteriormente (...). D. Miguel Barrientos con sus tres hijos, José Diego y Dionisio, desde el año de 1775 han hecho varias expediciones registrando dichos esteros y otros con el mismo objeto y movidos por las relaciones de memoria de sus compatriotas, y en los años 83 y 86 han sido directores del R.P.Fr. Francisco Menéndez en las dos entradas que ha hecho por el estero de Comau o Leteu (...)".
   Después de narrar todavía otros intentos, por supuesto fallidos, desde Chile, transcribe la carta al Rey de relación de la expedición (mítica en mayor medida) de Silvestre Antonio Diaz de Rojas, desde Buenos Aires, según un documento que "anda en manos de varios de la provincia", y que no vale la pena copiar por -aparte de muy conocido- estar hoy al alcance del lector en las obras completas de De Angelis, el archivero de Rosas[31].
   Luego procede a su crítica, destructiva, y la generaliza a toda la fantasía en torno a la ciudad encantada. Remata[32]: "Y también diré que presumo tienen que saltar los terribles barrancos que presenta la historia de estos últimos siglos los que opinan por establecimientos con tales circunstancias, y mucho más los que aseveran y creen, pues ciertamente en cuanto yo he leído sobre el asunto (...) nada me ha parecido hallar que pudiera mover asenso alguno a tales noticias, mucho menos a formar expediciones al intento; además que los míseros indios que sueltan semejantes especies con el aire misterioso que les es genial o artificioso común, y en países pobres, cuales son Valdivia y Chiloé, y los españoles que se las creen y las promueven en los tribunales superiores, todos lucran en dichas expediciones y se utilizan a proporción de su estado y miras particulares que cada uno lleva en promover aquéllas. Dedúzcase". 

VIGENCIA DEL MITO
    Pero el siglo XVIII no habría de terminar sin la intención de búsqueda de otro creyente; a juzgar por las empresas que tentó[33], un verdadero fanático el franciscano Francisco Menéndez. Véanse simplemente las motivaciones que expuso en la primera de sus tremendas expediciones, que involucraron el reiterado cruce de la Cordillera Andina: "Diario de la expedición que yo, Frai Francisco Menéndez, misionero (...) hizo desde Chiloé en busca de la laguna llamada Nahuelhuapi, con el objeto de descubrir los césares y osoneses que se supone existente al S.E de dicho archipiélago..."[34].
   Pero la fantasía no se agotó con el siglo, sin embargo. Porque todavía una centuria después, en 1880, y esta vez un hombre de ciencia, geógrafo de prestigio y culto, Estanislao Zeballos, al aludir a un misterioso montecillo de durazneros ubicado en el enclave centro-pampeano de Ligué Calel, se preguntaba si no habría allí una población española, perdida, inspiradora, de algún modo, del mito inasible.
   Como corresponde, si de fantasía se trata, el asunto, a su vez dio pábulo a la inspiración del poeta[35]: "¡Emblemas! Hay emblemas, signos/ de hechicería, pinturas/ que no entendimos: conjuros o quizá/ códices de los infieles. ¡Vimos/ la marca, el rastro hendido de la pezuña/ del Malo, entre las peñas/ de aquella sierra,/ de aquel famoso monte que se alza( solo, perdido como ínsula en medio de los llanos,/ tras un río salobre!... / / Así habló/ el añoso guerrero desvario, relato/ de alucinado sus palabras, roídas/ sus ropas de otra edad, polvosa/ la barba como crin y manchada/ de vino. Así gritaba, en las tabernas de/ Santiago del Nuevo Extremo,/ ese Villegas que venía -según/ pretende-, de tras la Cordillera/ Nevada, de los desiertos/ donde ni él ni nadie estuvieron/ nunca. / / Y siguiendo el río desde los ventisqueros/ en que nace, más de cien leguas bajamos/ entre bosques de espina, por arenales/ sin fin, y junto a un lago/ brumoso, en la sierra que ellos llaman/ la Casa del Cherrufe, levantamos/ nuestro real. No es tierra/ de semetera, y sus alturas color de sangre seca. Después/ poblamos en un valle/ oculto, junto a un arroyo/ de acuchillada luna, a un manantial de pétalos/ azules. Y sojuzgué a las gentes del país... / / ¡Calla de una vez, guerrero,/ que el vino te hace delirar, o acaso/ la bruma eterna de ese lago/ que mientes, de ese lago/ que suelas, o que mientes para soñar,/ toda esa niebla la has traído/ en tu cabeza, y brillazón es tu memoria, humo/ de lejanía tus palabras! / / Y ya no porfiamos en demanda/ de la mar. Yo buscaba/ el oro. Pregunté, exigí,/ y el potro y el cepo y el látigo no descansaron/ sobre los cuerpos, sobre las espaldas/ cobrizas. El oro. Los caciques/ callaban, y ni el tormento ni la amenaza ni la dádiva/ los hicieron hablar; y murieron. El oro. Yo sabía/ que en algún recodo de esa áspera comarca/ se ocultaba el venero, y subí/ solo, por los peñascos donde encontré las pinturas/ del Diablo. Y la bruma/ crecía desde el gran lago: los infieles/ se revelaron; hubo batalla/ tras batalla. El oro. Mi tropa murmuraba/ de ánimos y sombras, de no sé qué silbo/ embrujado, por las quebradas del alba. El miedo/ los empujó a la sinrazón. ¡Locos! Muchos/ de los nuestros cayeron; y otros, en sigilo, una noche/ emprendieron la marcha sin destino hacia el Norte,/ costeando los esteros, en busca/ de poblaciones cristianas o de la muerte... ¡Locos! / / La algarabía/ de la taberna, canciones y juramentos, el resollar/ de las cabalgaduras bajo el alero, ahogaron/ su voz. Pero aunque nadie -ni uno solo-/ ya lo escuchaba, él continuó entre blasfemias, entre hipos,/ su discurso sin seso:/ ‘Quedé el último. La estrella/ fugaz, centella o astro/ maligno, que entre los cerros tiene/ morada, me seguía/ Noche tras noche, en esas cumbres/ de Ligué Calel la vi brillar; cegadora, me llamaba, me/ maldecía; y yo, abandonado,/ me alimenté de raíces y bayas y alimañas/ del campo. ¡El oro/ se reía, las vetas, los ramos enterrados del oro/ se reían, en silencio del desierto, en el espantoso/ silencio, con una interminable carcajada,/ y en los riscos que fui dejando atrás ardía/ la centella del Diablo que ellos llaman Cherrufel Y albeaba apenas. El oro...".
   Pero la ilusión no desaparece nunca, y de este modo, no faltó quien propusiera todavía -¡en pleno siglo XX!- que el nombre de la ciudad fantasma pudiera haberse perpetuado a través de los aborígenes patagónicos. Para el caso, César Kaike, topónimo de Puerto Deseado... Pero que, lamentablemente, no alude a una ciudad, ni siquiera apreciable petrificada en alguna formación rocosa particular, sino a una modesta planta comestible, de la formación botánica de la estepa, Sséssarr en lengua de los tehuelches meridionales. "Alcance de nombre", diría un criollo patagónico, o "nombre alcanzado", expresión traducible libremente por "mera coincidencia".
   Llegamos al final de estas historias, lector curioso, y convendrá usted conmigo en que desencantarlo todo resulta desconsoladoramente desencantante.
   ¿Es que no queda ninguna pista a seguir, siquiera la esperanza de una pista posible? ¡Porqué no! Nos faltó explorar bajo la superficie de la tierra...
   Y allí -por ejemplo- están esperando de su espíritu inquieto -el suyo, lector- el "sistema cavernario" de Cuchillo Curá, en las cercanías de Las Lajas, Neuquén, calificado como el único ecosistema subterráneo conocido hasta el presente en la Argentina", conformado hasta aquí por cuatro cavernas[36]. O la cueva mítica misteriosa de los tehuelches meridionales en el cerro Asspess, en Santa Cruz, al norte del Río Pinturas, de donde según tradiciones provenían los animales actuales[37].
   O, ¡en fin!, la "cueva de Landa", en las cercanías de Ingeniero Jacobacci, Río Negro, de la que sólo se ha (léase "he") explorado el tramo inicial, de 80 metros,... 

NOTAS
1-En 1975 la erudita filóloga Berta Vidal de Battini publicó una excelente reseña de las investigaciones literarias llevadas a cabo por María Rosa Lida de Malkiel (1952; véase además 1970), descubridora de tal origen, y personalmente la glosé, a mi vez, para los patagónicos en 1960. Curiosamente, Morales (op. cit.), a quien he de apelar en seguida, citó mi intervención al revés… (Y no incluye el trabajo en las referencias bibliográficas, como tampoco los de Lida de 1952 –que cita- y de Vidal –que no cita…). Curiosamente tampoco cita a esta última -¡ni a Rosales!- Javier González, autor del más erudito trabajo moderno sobre el tema, en cuyo texto encontrará el lector la historia crítica pormenorizada del asunto.
2-Al respecto vuelvo a remitir al lector al trabajo de Morales aludido, por transcribir el primero, para el público, párrafos de la novela de caballería en que abrevó Magallanes el nombre “Patagón” –más allá de desvíos menores en el texto, a partir del título. Especial, el de su rechazo a que dicha voz pueda derivar del italiano pataccone porque las cc sonarían che… (sic!). Para un desarrollo posterior, mucho mayor, y los pertinentes comentarios, véase González, op. cit.
3-González, op. cit., pág.8.
4-En Venezuela se usa la voz "pataruco" con el significado de "tosco", "pesado".  Rómulo Gallegos en su obra "Pobre Negro" (Madrid 1952), alude a un personaje llamado así por tener formidables juanetes en los pies.
5-González, op. cit., págs.58-59.
6-Como hoy sabemos, los "Patagones" (Tehuelches) tenían pies normales, y aun pequeños, en relación con la talla. En cuanto a lo otro, es posible sí que calzaran a ratos botas de piel, del corvejón de grandes guanacos, y para la nieve, toscos "tamangos" sobrepuestos.
7-Para el caso de la expedición de referencia, remito al lector al laborioso estudio de Stephan Zweig (op.cit.).
8-Giusti, op.cit., pág. 230.
9-Primaleón es la segunda parte de El libro del muy famoso y muy esforzado caballero Palmerín de Olivia, de autor anónimo, de 1511.
10-Cervantes, op. cit., tomo I, págs 38/40.
11-El texto cervantino dice: "Y abriendo otro libro vio que era Palmerin de Olivia, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Inglaterra, lo cual visto por el licenciado, dijo: -Esa Olivia se haga luego rajas y se queme, que aun no queden de ella las cenizas...".
12-Morales, op.cit., pág. 16; se conocen tres en total.
13-Tomo prestados a González, op. cit., 30 y siguiente.
14-El resaltado es del autor (Casamiquela). (Nota de redacción).
15- Morales, op.cit., pág. 17.
16-Morales, op.cit., pág. 12.
17-Drake, op. cit., pág. 60.
18-circa 1669; ver Morales, op. cit., pág. 12.
19-Fines del XIX; ibidem, pág. 13.
20-Imbelloni, op. cit., pág. 40 y ss.
21-Hacia 1990; véase Casamiquela et al. 1991, láminas C y CI)
22-Perea, 1989, 69).
23-Ver Casamiquela et al. 1951, láminas XLIX y L.
24-Ver Outes, 1917.
25-Ver De La Vaulx, 1901.
26-Viene a pelo, al respecto, mi anécdota personal con el último ona puro -racial y culturalmente-, Pablo Pacheco, en el puesto de una estancia cercana a Río Gallegos. Yo lo había conocido años atrás, pero -nómada por esencia-, me había sido difícil volver a ubicarlo. Al saber que vivía, temporalmente, en ese puesto, y no encontrarlo, lo busqué (con mis acompañantes) en las inmediaciones: al rato lo vimos; estaba en la ladera de una lomada y se movía bruscamente -tiraba con una honda "de revoleo"-. Descendió hacia el grupo y ¡parecía un verdadero gigante!!! Esa fue la impresión, colectiva. Sin embargo, no pasaría Pacheco del 1,85m. ... Si bien su cabeza, y torso aparentaban ser ¡dos veces los míos propios!
27-Morales, op.cit., pág. 12.
28-A su vez, los Aucache eran bárbaros para los Araucanos -que eso significa el rótulo en su lengua.
29-Coyer, op.cit.
30-Moraleda y Montero, op. cit. pág. 424.
31-Rojas, op. cit.
32-Rojas, op. cit. pág. 436.
33-Fonck, op. cit.
34-Fonck, op. cit,. pág. 163.
35- Edgar Moisoli, poeta, escribe en 1974 esta poesía "A la memoria de Don Pedro Gauna, confidente de aquellas lejanías; a Rodolfo Casamiquela, que rescató sus mitos.
36-Periódico El regional, op. cit., pág. 18-19.
37-Escalada op. cit., pág. 327.

BIBLIOGRAFÍA
• Anónimo; Primaleón. Novela de caballería. Segunda Parte de Palmerín de Olivo, 1524. 
• Cervantes Saavedra, Miguel de; El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Tomos I y II. Sexta edición. Bs. As., Editorial Sopena S.R.L., 1940. 
• Coyer, F.G.: "Sobre los gigantes Patagones". Carta del abate Francois-Gabriel Coyer al doctor Maty, secretario de la Royal Society de Londres. Traducción y prólogo de Alamiro de Ávila Martel. Serie Curiosa Americana, N°5. Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago, 1884. 
• De Gandía, E.: La ciudad encantada de los Césares, última leyenda que murió en América. Anales del Museo de la Patagonia "Perito Francisco Moreno". S. C. de Bariloche 1945. 
• Escalada, F.A.: El Complejo "Tehuelche". Estudios de Etnografía Patagónica. Buenos Aires, 1949. 
• Fonck, F.: Viajes de Fray Francisco Menéndez a la Cordillera. Publicaciones y comentarios por Francisco Fonck. Edición Centenaria adornada de grabados originales del autor con un mapa. Valparaíso, 1856. 
• Giusti, F. E.: Literatura Española. Buenos Aires, 1946. 
• González, J.R.: Patagonia-Patagones: Orígenes novelescos del nombre. Subsecretaría de Cultura, Rawson, pcia. del Chubut, 1999. 
• Imbelloni, J.: "Los Patagones. Características corporales y psicológicas de una población que agoniza". En Runa, Archivo para las Ciencias del Hombre, II, N°1-2. Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1949. 
• Lida de Malkiel, M. R.: "Fantasía y realidad en la conquista de América". En homenaje al Instituto de Filología y literaturas Hispánicas Dr. Amado Alonso, Buenos Aires, 1975. 
• Moraleda y Montero. J. de: "Exploraciones geográficas e hidrográficas de José de Moraleda y Montero". Precedidas de una introducción de don Diego Barros Arana. Santiago 1888. 
• Morales, R.: "Patagones y Patagonia: un caso de denominación epónima con una errónea atribución geográfica". Anales del Instituto de la Patagonia. Serie Ciencias Sociales, 19, Punta Arenas, 1989-90. 
• Morisoli, E.: Al sur crece tu nombre, Buenos Aires, 1974. 
• Perea, E. y Félix Manquel: Textos ameghinianos. Biblioteca de la fundación Ameghino, Viedma, 1989. 
• Periódico El Regional: "El sistema cavernario de Cuchillo Cura" 26 de abril al 23 de mayo de 1990, Cipoletti. 
• Pigafetta. A: Primer viaje alrededor del mundo. Edición Leoncio Cabrero. Historia 13. Crónicas de América, Madrid, 1895. En italiano: Primo viaggio intorno al globo. Galeazzi, Milano, 1800; y Primer viaje en torno del globo, 5° edición Colección Austral. Madrid, Espasa Calpe, 1963. 
• Rojas, S. A.: "Derrotero de un viaje desde Buenos Aires a los Césares, por el Tandil y el Volcán, rumbo de sudoeste, comunicado a la corte de Madrid, en 1707, por Silvestre Antonio de Rojas, que vivió muchos años entre los indígenas peguenches". Colección de obras y documentos De Angelis, Pedro. I. II. Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1969. 
• Vidal de Battini, B.: Patagonia. Nombre de una región argentina. Boletín de la Academia Argentina de Letras, XL N° 155, Bs. As., 1975. 
• Zeballos, E. S.: Viaje al país de los Araucanos. Buenos Aires, 1880. 
• Zweig, S.: Magallanes. Novela Biográfica. Obras Completas. Tomo II. Colección clásicos modernos, Barcelona, 1965.

1 comentario:

  1. Muy interesante su articulo. ¿No se puede verificar mediante restos de la epoca la estatura real de los patagones del siglo XVI?

    ResponderEliminar